martes, agosto 18, 2009

"Los Sobrevivientes"



Hace mucho pero mucho tiempo, en un salón de clases descubrí que un amigo bastante cercano tenía un secreto. En el cajón de su escritorio albergaba una pequeña colonia de diminutos seres sin nombre a los que cuidaba a diario, alimentaba y protegía como pequeños tesoros.

Luego de descubrir su secreto, él decidió presentarme estos seres sin nombre y con cientos de formas que habían creado todo un mundo en aquel cajón.
Algunos de ellos tenían patitas, otros cabeza, otros rabito. Todos eran únicos y diferentes entre sí.
Mi amigo los alimentaba entre clase y clase con las virutas de madera que caían de los sacapuntas y los restos de borrador que resultaban de las hojas después de borrar. Les contaba cuentos viejos y nuevos, con gusto a cariño y los consolaba cuando estaban tristes o aparecían tormentas que azotaban los árboles del colegio.

Un día mi amigo me contó la historia de estos seres. Me dijo que habían llegado a él desde un mundo distante. Me dijo que una voz muy lejana, una voz dulce le indicó en sus sueños que desde ese momento se debía hacer cargo de ellos y los debía proteger a costa de lo que fuera. Le dio las recetas de los cuentos que los hacían crecer y sonreír.

Con el tiempo, a cada una de estas criaturitas les dio un nombre. Todas tenían nombres diferentes entre sí y con la aparición de los nombres, comenzaron a surgir formas de ser y personalidades diferentes. Así, hubo algunos de estos seres que se conformaban con los finales felices, mientras otros preferían los cuentos chistosos, y otros más arriesgados los cuentos de terror. A pesar de estas diferencias, todos, incluyendo mi amigo eran felices. Eran buenos días. Eran buenos chicos.

Sin embargo, un mal día mientras mi amigo se asomaba al interior de su cajón, llamó la atención de la profesora: una mujer entrada en años y amarguras, de corazón arrugado y solitario. Esta mujer se levantó de su lugar y avanzó a zancadas hasta el escritorio de mi amigo. De un manotazo levantó la tapa y descubrió el interior del cajón... descubrió a nuestros amigos.

Sin decir nada, caminó hasta un armario que estaba al final del salón. Tomó una caja y regresó con ella hasta el puesto de mi amigo, donde él permanecía con un gesto de miedo en su rostro.
Ninguno advirtió lo que sucedió después. La mujer acercó la caja al borde del escritorio y pasó su mano por el interior del mundo de los seres que habitaban el cajón de mi amigo. Sin piedad arrasó con su pequeño mundo y con cada uno de sus habitantes.

-A la basura con estos cachivaches-espetó, caminando con la caja hacia la caneca de basura que estaba por fuera del salón.
Ese fue el fin de la civilización que habitó por unos cuantos años el cajón de mi amigo. Ninguno protestó. Estábamos atónitos y aterrados. Si esa mujer hizo eso por una nación ¿qué podría hacer a dos niños asustados?

Después de ese día, el cajón de mi amigo estuvo vacío. Sólo libros, cuadernos y lápices ocuparon ese lugar que antes estaba lleno de vida y donde se contaban grandes historias.
Con el paso de los días, mi amigo se entristeció cada vez más, hasta que un día se marchó sin decir nada.


Muchos años después, ya siendo un adulto regresaba a casa después de una larga jornada de trabajo cuando me topé con una criatura que llamó mi atención. Se trataba de un ser bastante parecido a esos seres que mi amigo alguna vez me enseñó dentro de su cajón. Sin detenerme la seguí por la ciudad, por los corredores de una universidad y el interior de un aula de clases. La criaturita finalmente saltó sobre un escritorio y se detuvo. Estando frente a ella descubrí como a su alrededor se asomaban muchas criaturitas más. Algunos de ellos tenían patitas, otros cabeza, otros rabito. Todos eran únicos y diferentes entre sí.

Luego eché un vistazo al salón y descubrí que era el de un profesor cuyo nombre de inmediato reconocí como el de mi amigo. ¡Las criaturitas finalmente sobrevivieron!
Con gran alegría descubrí que sobrevivieron, que los mantuvo con vida todo este tiempo, que la mentalidad adulta y la academia no los extinguieron, ¡que esa creatividad nunca se apagó!
Ahora, en medio de ese salón comprobé que esas criaturas eran mucho más que simples "Bichos": son seres de él que llevan su esencia y una historia de supervivencia que sin duda contarán a las generaciones futuras de estos seres.

Sonreí a las criaturas que me miraban con sorpresa. Me sentí maravillado al ver de nuevo esas formas tan llenas de luz, magia y color, como las que veía en el colegio dentro del escritorio de mi amigo y aun recuerdo.

Me encantó saber que mi amigo estaba bien, y sus "Bichos" también. Me encantó reconocer que ahora mi amigo y sus criaturas eran libres, habitaban un salón de clases y compartían con los estudiantes quien sabe cuantas historias.
Antes de abandonar el salón caminé hasta el tablero y ahí le escribí la siguiente nota:

"Ahora que sé que los dos están más vivos que nunca, te ruego que no dejés de darles vida. Multiplícalos porque además de ser inmortales, son invaluables!!!!
un abrazo para vos y tus bichos. El Batichico."

Estaba feliz. Reconocí, por cosas que encontré en ese salón, que ahora mi amigo (todo un profesor universitario) y sus estudiantes se encargan de estos seres: los alimentan entre clase y clase con las virutas de madera que caen de los sacapuntas y los restos de borrador que resultan de las hojas después de borrar. Ahora mi amigo y sus estudiantes les cuentan cuentos viejos y nuevos, con gusto a cariño y los consuelan cuando están tristes o aparecen tormentas que azotan los árboles de la universidad.


También descubrí que ahora los llama "Bichos"
...y son tan reales como vos y yo...
¿Los querés ver?
Dale click Aquí.

Post dedicado a mi amigo Julián.








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