martes, diciembre 15, 2009

"Mis días como una oruga"


Como gusano me detuve en el borde de una hoja y vi el vacío. Depués levanté mi cabeza y permití que el viento rozara mis antenas. Sonreí. Me sentí más identificado con el cielo, el aire, el horizonte que con el abismo... con la tierra.

Como gusano regresé por la hoja hasta el tallo, y me escondí detrás de una grieta del árbol, en lo profundo de una curva, lejos del alcande del pico de cualquier pájaro. Ahí cerré mis ojos (ignoro cuantos tengo) y soñé de nuevo con ese salto al vacío... perdón... con ese salto al cielo.
Volé como nunca antes lo había hecho. Volé con gracia y elocuencia, con suavidad y gran emoción. La luna que estaba sobre mi cabeza marcó mi sendero por las vías aereas hacia ella. Volé enamorado de su brillo, volé hacia ella.

Conforme avanza el tiempo, he visto como mi sueño ha ido cambiando, como algún día también lo haré.


Aun recuerdo la primera vez que lo soñé. ¡Parecía tan real! di siete pasos al vacío y caí pesadamente contra la tierra. Me desperté de un sobresalto y por esos días no me acerqué a las hojas más altas del árbol. Temí que se hiciera realidad.

Días después, en mi sueño, observaba el límite de la h
oja desde la corteza del árbol. La veía con mucho miedo de caer y hacerme daño. Así pasé varias noches; mirando la hoja y el cielo aferrado al enorme tronco.
Sin embargo, en la primera noche del verano corrí por la hoja y salté al vacío sin temor (y sin pensarlo). Cuando caí en cuenta de mi acción, poco a poco sentía como una fuerza superior a mí hacía más lenta mi caída... En la segunda noche esta caída se hizo más lenta y así continuó mejorando mi descenso hasta la noche de hoy... cuando ya no caigo y en lugar de esto; vuelo.

***

¿Dónde dormiré?
Me pregunté al abrir los ojos en la mañana de hoy. La corteza estaba fresca, pese a la cálida brisa que entraba por la grieta.
Asomé mi cabeza y vi el jardín lleno de vida y actividad.
Regresé a mi lugar de descanso y por un instante lo extrañé. ¡Es tan cómodo! no me gustaría perderlo... sin embargo esta sensación de pérdida que tengo me hace pensar que de un momento a otro jamás volveré a este agujero de madera. Eso me asusta.

Afuera, la corteza, las flores, la tierra, las hojas están tibias. El sol las acaricia con gran cuidado de no lastimarlas. Lo mismo hace con mi carita. Hoy amanecí con ganas de comerme una flor muy dulce.


Después de comer, me asomé al final de la rama justo en el lugar donde había estado la flor que devoré. Eché un vistazo al vacío y luego al cielo. Sonreí. Siento que el cielo me llama. Escucho su voz con más fuerza cada día que pasa. Es una sensación extraña... y bonita... a pesar de no entender qué sucede conmigo ni con las cosas que pienso, esta sensación es agradable.
Miro de nuevo al vacío y regreso mi cabeza al cielo. El viento pasa entre mis antenas y juego con él: hago circulitos y figuras para que pase en medio de ellas y sonrío. El viento es mi amigo.

***

Hoy soñé que me elevaba y desde o alto del cielo eché un vistazo a mi árbol. Lo vi tan pequeño que me pareció increíble... por un momento dudé si ese era mi gran árbol, el mismo que aun no termino de recorrer con mis patitas. Sonreí. Después eché un vistazo alrededor y vi el bosque hasta el final, donde se encuentra con esos bloques grises y malolientes llenos de muerte. ¡Soy tan pequeño que me parece imposible!, sin embargo la sensación que vivo es de grandeza y poderío. Es irónico, y sonrío mientras sueño.

Cuando desperté me encontré en el borde de la grieta. Abrí los ojos. Aun era de noche y llovía con gran furia. Regresé a mi lugar y me acomodé en un agujerito que tiene la forma de mi cuerpo. Desde ahí me arrullé con el sonido de la lluvia que se escurría y la tempestad. Que extraño, antes me asustaba mucho y me escondía lleno de miedo. Ahora la disfruto y sonrío.

Que protegido me siento, aunque afuera el mundo que conozco quizás esté desapareciendo. De nuevo siento miedo de perder mi hogar...Que extraño, antes me asustaba la tempestad, ahora me aterra perder mi casa y todo lo que ella me ofrece.


Al amanecer recolecté pedazos de frutos, trozos de flores dulces, un poco de miel y preparé un postre. Esperé a mi amada y se lo ofrecí. Se lo comió con gran gusto. Le compartí mi sueño y sonrió. Suele decir que estoy loco, y que eso le parece divertido. Sonrío cada vez que me dice esto y le comparto un par de historias más que la hacen sonreír.


Al caer la noche nos acurrucamos frente a la grieta del árbol. Desde ahí miramos la luna en lo alto del cielo y el espectáculo que brindan las luciérnagas en el bosque nocturno. El bosque es muy bonito en la noche, al igual que su rostro. En ambos casos puedo ver formas, siluetas y colores que en el día no existen.

De pronto comienza a cantar. Interpreta una melodía tan dulce como el color de sus ojos y me hace dar ganar de llorar. Esa canción la conozco. La suele cantar cuando está contenta y a veces, mientras duerme. Quizás en ese momento tiene sueños bonitos. Cuando lo hace, me asomo y veo su rostro; está sonriendo.


Arriba hay estrellas. Mientras canta las señalo y ella levanta su mirada al cielo. Sonríe de nuevo y sigue cantando. Todo es bonito y me siento muy bien. De pronto surge en mí la sensación de que también perderé esto.

Me lleno de miedo y la abrazo con todas mis patas. Rodeo su cuerpo y siento su calor. Ella cree que lo hago porque la amo y es así, pero también lo hago porque tengo miedo. Mucho miedo y cierro los ojos. Espero a que se vaya ese temor que recorre mi cuerpo y de nuevo escucho su voz regresando poco a poco.
Regreso a ella y le digo que le quiero regalar las estrellas. Que si un día de estos no me ve más, que se imagine que desde una de ellas le sonrío y le mando muchos besos con el viento. Sonríe y deja de cantar. Se queda mirandome. Le digo que si un día no le gustan más las estrellas, le regalo entonces la luna entera, una cereza, un libro como el que encontramos abandonado una tarde en el bosque, una flor hermosa como su carita o una de esas historias que la atrapan hasta el final. Lo que sea, siempre y cuando la haga feliz... y sonreír.


Sonríe. Le digo después que si no le gusta nada de eso, le regalo el cielo, el jardín, la lluvia, le digo que quiero muchas cosas para ella y para mí, y que la quiero. Que en todos esos lugares me encontrará siempre.

Le digo que me encontrará en las cosas que hace, en las que piensa, en las palabras raras que se encuentra y en las que olvida. Me mira con temor y me pregunta qué me pasa, que por qué le digo eso. Sonrío para tranquilizarla y le respondo que es por si las moscas, que no se preocupe. Le respondo que a veces siento que me iré de viaje, que me iré lejos, pero que nunca la dejaré porque ella es mi vida, es mi viento, mis alas, es mi espectáculo de día y de noche, es mi flor más dulce, mi cálido agujerito en el árbol, mi sueño más emocionante y la estrella más brillante.

Sonríe de nuevo y me dice que soy un tonto por asustarla, que no lo vuelva a hacer. Libero su cuerpo y me acurruco a su lado. Con mis antenas contemplo su cabecita rubia y me quedo dormido a su lado.


Esa noche soñé que volava de nuevo. Me sentía bien y miré a mi lado. La busqué. Me elevaba solo, sin ella. Entonces la extrañé y el sueño se hizo feo. Me desperté sobresaltado y la encontré acurrucada a mi lado, con su carita hermosa, pálida ante el brillo de la luna y con una expresión tranquila. La abracé mientras dormía y se acomodó a mi cuerpo.

***

En la mañana fuimos al campo. ¡Está lleno de secretos escondidos!

Encontramos un escarabajo muy azul, brillante y bonito empujando una bola de caca. Era extraño ver una criatura tan fuerte y bonita arrastrando una bola de caca ajena. Después vimos una abeja barada sobre una flor. Bailaba algo que las demás abejas miraban con atención. Les decía algo en su idioma.

Le recordé a mi amada que nosotros también tenemos nuestro idioma y que es tan bonito como su carita. Sonreímos. Al dar vuelta a una piedra, encontramos un caracol que se arrastraba debajo de ella. Nos pareció curioso que un animal que anduviera con su casa, buscara otro sitio para protegerse.


Nuestra salida por el campo me hizo pensar que un lugar nos hace cambiar de opinión y que quizás eso pase conmigo, que ahora soy gusano y que cuando pase lo que tenga que pasar quizás me sienta muy bien y no extrañe ser un gusano, ni a mi querida. Me detuve y la abracé.

Cerré mis ojos y la sentí calientita aferrada a mi. Estuvimos así un largo rato. Entonces sentí que a pesar de todo, quizás algún día regrese con el tiempo, con algo de luz y me la encuentre de nuevo, y sienta lo mismo o algo más grande por ella. Pienso que si la amo ahora, quizás la siga amando después, que este amor no cambiará aunque yo lo haga. Que no morirá aunque yo deje de respirar.


Mientras la abrazo abro los ojos, miro su carita con su mirada en un punto fijo y le susurro que mi amor por ella nunca va a cambiar, que aunque yo lo haga o me marche, la seguiré pensando, la seguiré queriendo, la seguiré teniendo presente a pesar de todo.


Ella me mira de nuevo extrañada y me pregunta qué me pasa, me dice que le hablo diferente, que la asusto. Le respondo que no se preocupe, que se tranquilice, que lo que pasa es que me da miedo perderla, entonces la abrazo con más fuerza y le digo que la amo. Que no dejaré de hacerlo nunca por más lejos -o cambiado- que me encuentre.




Continuará...