miércoles, julio 28, 2010

"Epílogo de un capítulo que termina"



Su estilo no era la mentira, su arte era la omisión. Por primera vez en su vida se permitió ser sincero con alguien. Y lo cumplió.
Ser incondicional fue su misión. A pesar de su nula experiencia en el tema supo responder según sus expectativas. Eligió cumplir y lo consiguió. 

Frente a frente se devoraban con la mirada.

Como un principiante metió la mano a su pecho y palpó entre vísceras, huesos, nervios, venas. Su mano se abrió paso entre los órganos hasta llegar a lo que tamboreaba en su pecho. Al empuñarlo, con un esfuerzo nunca antes hecho lo sacó de su prisión y lo presentó a su amada. Ella lo recibió con una amplia sonrisa. Él sonrió con la mirada perdida en las comisuras de esos labios delgados que se perdían en las mejillas.

Recordó que ella en algún momento había expresado su fascinación por su sonrisa. Tomó sus labios por un extremo y con paciencia los desprendió de su rostro. Los frotó con sus dedos y luego de limpiarlos contra la piel de su muslo derecho los entregó.

Parpadeó de forma pronunciada. La seguía contemplando con sus ojos. Su amada sonreía sin dar nada más a cambio. Para él fue una señal de insatisfacción y decidió complacerla un poco más.

Con sus manos desnudas arrancó cada pulmón de su lugar. La frase que solía susurrarle al oído decía: "mientras me quede aire, amor nunca te va a faltar". Luego fue por su páncreas, ¡el que lidió con todo el dulce de sus besos!, los pies para que la soportaran cuando estuviese cansada, las piernas para que la acompañaran en el baile, el abdomen que ella tanto le admiraba, y de un jalón se hizo de la nariz donde se conservaba un poco del olor de sus cabellos.

Parecía estar arrodillado. Desde ahí mantuvo su mirada hacia arriba, hacia ella. Desprendió sus orejas con gran facilidad. Las consideró privilegiadas por ser las primeras en recibir el sonido de sus palabras. Si hubiese tenido labios sin duda les habría dado un beso. Estiró sus brazos y las dejó caer en sus dedos delgados.

Ahí, frente a frente intentó sonreír con su boca incompleta. Ella quizás no notó su esfuerzo. Se sintió frustrado. Tomó su pene y lo apartó de su cuerpo desde la raíz. Entre recuerdos y agradecimientos dejó caer sus diecisiete centímetros más raíz a sus pies, al tiempo que con su mano libre extrajo su garganta que como si se tratara de una botella, guardaba sus palabras no dichas, las acostumbradas y las que disfrazó al ser pronunciadas.

Se detuvo al frustrarse por no saber en qué parte de su cuerpo se ubicaba su alegría. Quería dársela para que recurriera a ella cuando necesitara un poco de su calidez. ¡Calidez! de inmediato recordó las caricias en su cabeza. Desde la nuca tomó el borde de su cuero cabelludo. Lo retiró hacia adelante para continuar con la piel de la cara que conservaba la huella de sus besos. Ahora no tendría excusas para seguir tan indiferente ante sus entregas.

Sin embargo el gesto no cambió. Ella aun sostenía su postura y las partes entregadas, luciendo una sonrisa de agradecimiento que él no consideró del todo como una sonrisa de plenitud. Con cada mano se sacó un ojo, tirando con fuerza de los nervios que se resistían a soltar el cuerpo. El derecho se resbaló de sus dedos y jamás supo de su paradero.
Con una insoportable vergüenza ofrendó el único que le quedaba, el izquierdo. Tampoco supo si ella extendió su mano para recibirlo o si lo dejó caer al vacío cuando se lo entregó.

Le quedaba en realidad muy poco, y luego de considerar que podía dar un poco más, continuó. Por los agujeros de su nariz introdujo los dedos índices y atrapó su cerebro con un pellizco. Lo arrastró con cautela a través de los orificios hasta extraerlo completo, aun envuelto con su delicada capa de piel. Todo lo que sabía, cada cosa que recordaba de ella, de su vida. Las memorias de todos los sueños realizados y los que quedaron por realizar, sus símbolos, metáforas, excusas, inventos, extravagancias, aprendizajes, cuentos, fantasías, mortificaciones, neurosis, fechas especiales, números telefónicos, caras conocidas, toda su locura ahora le pertenecía a ella.

Para ese momento no le quedaba mucho. Sólo huesos, manos, piel, sangre, bilis, mucha bilis y algunos órganos vacíos. Ni palabras, ni miradas, todo se apagó, fue silencio y frio. Ausente de ternura, se sujetó cada mano con la otra y las separó del resto del cuerpo. En el suelo se soltaron y arrastraron hasta sujetarse de los pies de su amada. 

Nunca entendió como lo escuchó, pero lo hizo. El dolor vino después cuando, antes de dar media vuelta para marcharse ella pronunció:
-Gracias por todo. Tu, tan lindo como siempre. Lo que quería decirte era que volví con Esteban. La próxima vez me dejás hablar a mí primero.-





El Batichico.

4 comentarios:

Bailarina dijo...

Wow!! Muy bello. Simplemente me encantó

batichico dijo...

Me alegra conocerte, Bailarina... seguí tu comentario y llegué hasta tu blog. Me gustó!

Anónimo dijo...

Me encanta este post...

Lui-o

Andrés Eduardo Pío Chicué Sónico dijo...

es tuyo, amigo ;)