domingo, octubre 10, 2010

"Calixta la maldita"


La mujer de cabello corto y rojizo levantó su mano frente a los ojos de sus aterrados estudiantes. Las pulseras de plata ennegrecida se deslizaron por su muñeca en medio de un ruido perturbador. Los niños lo recordarían así. Cada vez que la Hermana recurría a ese gesto con la mano, palma extendida hacia arriba, había más que motivos para horrorizarse. 
El elegido esta vez fue el pequeño Jorge. Su error nadie lo supo. Era el cuarto en el trimestre. 

Lo que resultaba perturbador era que sus actos parecían ser imperceptibles por los adultos. Así lo concluyó Marcos, el que era el mejor amigo de Jorge. Después de narrar entre lágrimas  a sus padres lo sucedido, obtuvo por respuesta un deja de ver tanta televisión por parte de su mamá, la única que atendió su relato.

Al día siguiente Marcos estaba reunido con sus compañeros en un extremo del patio trasero de recreo. Desde ahí miraban en silencio al pantano que estaba del otro lado de la cerca. Sin mencionarlo, los niños recordaban lo sucedido el día anterior. Su profesora cruzando el frente del salón a zancadas. El forcejeo con el candado de la puerta del armario. El viejo tarro de galletas que sacó. Jorge obligado a meter su mano en el interior del tarro. Gritos, reclamos, miradas atónitas. Miedo. Jorge llevado por la Hermana al patio trasero.  

El sonido del timbre los sacó de sus recuerdos y los obligó a regresar al salón de clases. La Hermana levantó un libro y comenzó a recitar la lección. Los niños copiaban. Temerosos.  Esa mañana la noticia había salido en todos los periódicos locales: Muere niño en pantano por una picadura de serpiente, las autoridades investigan.

La Hermana Calixta hacía ver estos horribles hechos como tristes accidentes que sucedían dada la ubicación del colegio junto a terrenos pantanosos. Los organismos ambientales tienen que prenunciarse, no podemos permitir que más niños sean atacados por serpientes. Declaró la Hermana ante los periódicos. 

¿Acaso nadie sospechaba de ella?, los únicos muertos habían sido alumnos suyos. Hasta un niño de quinto de primaria lo vería.

Días después las autoridades clausuraron las áreas cercanas al pantano. Aun así siguieron apareciendo niños picados. Fueron ocho durante ese año, ninguno sobrevivió. Los pequeños se iban a jugar al pantano y ahí eran atacados, criaturas necias, que Dios las guarde en paz. Decía la hermana una y otra vez en las entrevistas que daba a la prensa local.

A los padres les decía que los niños estaban trastornados por el asunto de las muertes de sus amigos y que por ende, podrían inventar cualquier fantasía cargada de hostilidad. Marcos y los demás optaron entonces por el silencio. Nada en realidad valía la pena frente a los argumentos de la Hermana Calixta. 

Y a las picaduras se sumaron los decomisos. Ninguno podía llevar juguetes, libros ni nada que no tuviera relación con las clases o el gusto de ella. JT fue el penúltimo en caer. Fue sorprendido ocultando un atari en el cajón de su escritorio. Mamarracho. Lo llamó la hermana y se lo llevó con el tarro al pantano. La última fue María. Nadie supo en que momento sucedió, sólo vieron la noticia y la silla vacía al día siguiente. 

Todas las mañanas abría el día con un mensaje de la palabra de Dios. A él le rogaba porque los niños fueran buenos y obedientes. Las pulseras de plata chocaban entre si cuando aplaudía al cantar. Los niños parpadeaban perturbados con cada choque y seguían la canción con voz ahogada. Pocos creía ya en Dios. Los desertores se sentían olvidados por él, o en el peor de los casos traicionados, pues lo sentían del lado de la Hermana.


Amilcar fue el único que tuvo valor para enfrentarla. Fue en la última clase cuando ella llevó unos diplomas y propuso un cierre simbólico antes de la clausura oficial con los padres. Dividió al salón en dos grupos. A los del primer grupo llamó de uno por uno y entregó un diploma firmado. Al terminar pidió un aplauso y dijo que eran los que merecían pasar al siguiente grado.
A los del segundo grupo los llamó de uno en uno pero antes de entregar el diploma lo rompió y lo arrojó al suelo. Paula fue la primera en agacharse a recogerlo. La vieron llorar . El segundo en el orden fue Marcos a quien le hizo lo mismo, y el quinto Amilcar. Él fue el único que no se agachó. Ella se lo exigió. Vieja Hijueputa gritó en su cara y corrió como nunca.
Quienes se lo encontraron en su carrera dicen aun que sonreía como había dejado de hacerlo. Corrió hacia su libertad y jamás regresó. 


Si ella aun cree en Dios más le vale que rece. Los niños que maltrató ahora son adultos y tienen mucha rabia.

Mentiras. Amilcar regresó, pero no al colegio. Creo que esta es la dirección. Me abre la puerta con una sonrisa encerrada entre arrugas. Me recuerda. Pronuncia mi nombre con un dejo de cariño que nunca antes le sentí. 
Me invitó a pasar. Por su recuerdo no valía la pena hacerle un desplante. Seguí. Cerró la puerta detrás de mí. La casa olía a ella con gran concentración. Profesora le traje un detalle. En una mano un estuche de rosas más pesado de lo normal. Fue difícil conseguir una porra ajustada al tamaño de la caja. En la otra mano un viejo tarro de galletas. 




-Dedicado a la mujer que me enseñó a no temer al infierno-


2 comentarios:

Javier D dijo...

Vieja hijueputa!!...jajajaja...me encanta :). Pregunta: ese nombre, Amilcar??...de dónde sale?

Anónimo dijo...

Todos hemos tenido nuestra respectiva Calixta, aún en la Universidad... lástima que a algunos nos falte un poco de "Amilcaridad".