sábado, mayo 22, 2010

"Locas de Amor"

Dentro de la maestría hubo un ejercicio en el cual se nos pedía tomar una noticia de un periódico populachero (dícese de periódicos como "El Espacio", "El Caleño", "El Q´Hubo"), tomar una de sus llamativas noticias y hacerla cuento. He aquí mi propuesta (al final se encuentra la noticia de donde salió el cuento. Estoy trabajando en la ampliación de la resolución para que la puedan leer)...


"Locas de Amor"

Y quien lo iba a pensar. Ese mismo polvillo que usan para matar cucarachas, fertilizar la tierra y alterar los ciclos de apareamiento de las vacas había ingresado al colegio dentro de una inocente bolsa de harina.

Karina, la hija del dueño de una tienda agropecuaria se sentó en su silla. Dos minutos después, su compañera de fila dio un par de toques en su espalda y la primera sacó de su maleta la bolsa de harina. La bolsa de trolla atravesó el salón completo hasta parar en las manos de Alejandro, el más prematuro de la clase. Acto seguido, el muchacho envió unos cuantos billetes a su compañera haciendo uso de la cadena de relevos que le hizo llegar el paquete.

En la noche del viernes siguiente el contenido de la bolsa ya se había repartido en docenas bolsitas más. Lo había leído en internet. Un poco de ese polvillo milagroso en la bebida pondría a cualquier chica a sus pies. Las convertiría en sus títeres pasionales, en sus zorritas en celo. Ya había elegido a la primera de la lista. Estaba al otro lado de la pista de la miniteca.

Primero la acechó, después se le presentó. Minutos después la invitó a un trago con la fórmula secreta. Un cuarto de hora más tarde los dos corrían despavoridos al motel más cercano. Alejandro repitió este ritual durante varios fines de semana, obteniendo siempre los efectos deseados por su incontenible lívido de adolescente.

Después de pasar por la mayoría de chicas de su miniteca habitual, el muchacho cambió de establecimiento una y otra vez. El polvillo de la felicidad se había convertido en su mejor amigo.

Sin embargo una vez pareció fallarle. Se trataba de una chica de tez trigueña, delgada, de pelo negro, aindiada como le gustaban. Primero le ofreció una gaseosa con un poco de su formula y ella, entre sonrisas se la bogó de un par de tirones. En vista del fracaso, le ofreció esta vez una cerveza con otro tanto del polvillo. Ella la rechazó diciendo que la cebada le producía gases.

Alejandro compró una segunda gaseosa, le revolvió otro tanto del polvo y se la ofreció. De nuevo la muchacha se la bogó, esta vez más rápido que antes. La noche continuó y la mesa se llenó de botellas de gaseosa vacías. Ella como si nada. Él con las bolsas vacías y una erección en su pantalón que comenzaba a apagarse.

Al finalizar la rumba ella le propuso rematar en un lugar donde pudieran estar solos. Él consultó sus bolsillos y se encontró sin un solo peso. Todo se le había ido en las gaseosas de la chica. Pero todo con tal de estar con ella, era su inversión de la noche y hasta ese momento la mejor del mes. Le ofreció llevarla hasta su casa y así fue.

Al llegar se encerraron en la habitación del anfitrión y ambos disfrutaron de los efectos de la sustancia mágica.

Al día siguiente entre dormido y muy agotado Alejandro estiró su mano hacia el cuello de su última presa. Rodeó su cabeza, la atrajo hacia él y le dio un beso a su mejilla pegajosa. Se emocionó al sentirla sudorosa, no había nada que lo excitara más que la sudoración, incluso llegó a sentir algo especial por ella. Había sido la única que le transmitió emociones de verdad y le planteó todo un desafío sexual de alto rendimiento. Se la imaginó como la mujer perfecta, como la chica de sus sueños: aindiada, sudorosa, buen catre y cero conversadora. Suspiró profundo, abrió los ojos y mirando al techo se decidió pedirle que fueran algo más que un encuentro de una noche.

Este plan y todos los demás que tenía para sí se vinieron abajo cuando perdió su cordura al voltear su cabeza y encontrar, a pocos centímetros de su cara el colosal cuerpo sin vida de una cucaracha patas arriba.