domingo, marzo 27, 2011

"Pequeña niña perdida"

Sali de casa y me la encontré de frente ¿casualidad o accidente? no me interesó saberlo. Nos encontramos.
Sus ojos negros muy abiertos y su sonrisa intacta. La abracé con la fuerza de estos años. Enredé mis dedos en sus pelos negros. La besé en la frente. La sujeté por las mejillas y me alejé de ella. Quise verla. Asegurarme de que no era un sueño. Le pregunté cómo estaba. 

Agachó su rostro. La solté. Sus ropas andrajosas, su pelo enmarañado y su piel curtida me dieron la respuesta. La invité a casa, le ofrecí un baño, un vestido de mamá y un desayuno cargado...

No recuerdo nuestro primer saludo. Tuve la impresión de que la conocía desde antes, desde siempre. Cuando entró al salón de teatro por primera vez la saludé con el calor que me inspiró su sonrisa. 
No tardamos en ser cercanos. Ensayamos y presentamos juntos una obra. Solía morir en cada carcajada suya.
Fui un villano, ella un reloj.
Fuimos amigos. 
Fue mi musa. Le regalé un capítulo de alguna novela que ella me inspiró. Era sobre una guerrera amazonas...

La volví a ver en la puerta del baño con una  toalla cubriendo su cuerpo y su pelo mojado. Me pareció mentira que estuviera ahí, que regresara, que compartiéramos un mismo espacio después de tantos años. Recordaba esa piel, esa sonrisa, esa nariz. Tomé un peine y lo pasé un par de veces por su pelo. Lo dejé ahí. Ella continuó. 
Le entregué un vestido de color beige. Mamá lo compró en Cartago, era de los bordados y tenía un estilo oriental... 


La recuerdo con una blusa de chinita y dos palitos sujetando su pelo entrando al salón de clase y buscando un asiento vacío cerca de mi. Vimos algunas materias juntos. Las suficientes como para acostumbrarme a tenerla siempre cerca. 
En clases me daba lecciones de prudencia y mesura. Escribía notas, me regalaba dibujos con dedicatorias que aun conservo. La defendí de la profe, la momia Azteca, y con gran preocupación le supliqué que no se hiciera conmigo, que la momia le podía coger bronca si la veía en mi grupo. Jamás me hizo caso y el tiempo me dio la razón. La momia se la montó y la hizo perder.

Pude prestarle algo más cómodo pero la ocasión lo demandó y su dignidad quise devolver. Con ese vestido la vi como la reina de las Amazonas, como si hubiese reclamado el título al que renunció cuando escapó a la calle. 

La llevo al almuerzo que tenía programado ese medio día. Viajamos juntos en el taxi. Viajamos  como en los viejos tiempos...

A veces nos esperábamos en el paradero. Cuando salíamos de la misma clase, o si nos veíamos por ahí en cualquier corredor de la universidad el uno le preguntaba al otro: ¿ya sales?
Viajábamos juntos en un bus público. Hablábamos todo el recorrido. Uno que otro disparate. Risas. Miradas. Compañía. Un beso y un adiós. Me bajaba primero, ella seguía hasta los confines de la ciudad. 

A su lado. Hablamos de lo que fue de nuestras vidas hasta ese reencuentro. Miré de vez en cuando al otro lado de la mesa y encontré a mi familia extrañándome. Sentí algo de culpa. Regresé a la conversación como si quisiera recuperar el tiempo que perdimos...

Soy un hombre sin secretos para mi hermano. Él siempre lo supo. Ella no me era indiferente. Después de cada encuentro, cuando ella se marchaba, él se volteaba hacia mí y ponía su mano en mi pecho a la altura del corazón. Me hacía algún comentario picaresco y volvíamos a lo que estábamos. 
Siempre lo negué.
Era real. Ella se iba y dejaba mi corazón acelerado... 

Esta vez no. Pidió permiso para ir al baño. El baño del restaurante era hacia la derecha, no hacia la izquierda. Fue hacia el lado de mi corazón, abrió la puerta y se marchó sin mirar hacia atrás. No regresó. La sangre de mi corazón se coaguló y mi órgano se convirtió en un peso muerto en mi pecho. Salí a la calle y miré en todas direcciones. Sin rastro de ella. Pregunté a quienes encontré por ahí, nadie me dio razón. La perdí por segunda vez.

Supe que tuvo un novio. Jamás la celé. Lo mio por ella fue difuso. Jamás lo entendí ni quise hacerlo, sólo lo viví. Me sentía muy bien a su lado. Me gustaba. Pudimos llegar a tener algo, pero nunca fue. 
Nuestro tiempo compartido era de complicidad y encanto.

Alguna vez la encontré almorzando o rodeada de fotocopias y con la nariz en un libro, en un balcón de un edificio junto al lago que solía frecuentar. Sin pena me sentaba a su lado y la acompañaba. 

Semanas después regresó en harapos. Ya había justificado la pérdida del vestido de mamá. No  lo eché de menos. Extrañé verla de nuevo como una mujer salvaje. 
La invité de nuevo a tomarse un baño con jabón y shampoo. Le ofrecí las lociones de mi hermana y le presté un nuevo vestido. 

Almorzábamos juntos. Solía encontrarla en el teatro ensayando alguna presentación, en las salas de computadores aprendiendo a manejar uno que otro programa, en el centro deportivo con un traje de kung fu, en vestido de baño ajustando su gorro o guardando sus zapatillas. 
Todo lo hacía con amor. era libre, independiente. Salvaje.


Desde el principio lo fue. Me reclamé por no haberlo visto antes. Era una mujer indomable. Lo seguía siendo.

Esta vez la llevé al cumpleaños de mi tía. En un rincón de la sala hablamos de lo que fue, y no comentamos en el almuerzo con mi familia. Me habló de lo mal que terminaron las cosas para ella en la universidad, del fin de sus relaciones con las demás personas. 
Terminó sola. 
Terminó lastimada.
Terminó.

Cambió. Lo primero fue su nombre. Me alejé de su lado cuando me metí de narices a la vida profesional.
Cambió. El trato con los demás se tornó en una batalla hostil para ella. 
Cambió. La última vez que la vi le hice un comentario sobre su nariz operada. Amaba su nariz anterior. 

Después de la fiesta en casa de mi tía salimos a la calle buscando los últimos rayos de sol. Al doblar en la esquina nos encontramos con un viejo amigo de mi juventud. Uno que había escapado de su reino para hacerse errante.
Ella y él. La mejor pareja que mi inconsciente pudo formar en algún momento de sincera locura. Los presenté sabiendo que la perdería de mi lado para siempre, que estaba uniendo a dos seres humanos que estaban hechos para deambular hasta el fin de los días.
El click fue inmediato. Él le advirtió de la proximidad de un fulano que lo venía siguiendo. Un gesto de pánico se dibujó en su rostro cuando escuchó mencionar el nombre del perseguidor. Se despidió de mi. Me pidió perdón. Me dio un beso en la mejilla. Tomó a mi amigo de su mano y los dos, como Thelma y Louise huyeron de un mismo fulano. 

Con el tiempo la busqué por las redes sociales y entre los relatos de amigos que alguna vez tuvimos en común y que ella abandonó. No tenía su foto. Sólo su recuerdo. Mis dedos temblaron cuando escribí su nombre en el buscador. 
Cambió de nombre, concluí después de no encontrarla. Con esta dos veces. Temí verla de nuevo y que no supiera quien soy.

Me casé y fui feliz. La busqué. Y sólo cuando la quise encontrar, la busqué bien y la encontré.
Un viejo correo de la universidad con su antiguo nombre fue el enlace entre mis dedos y sus ojos. Leyó mi mensaje. Intercambiamos teléfonos. Me llamó en el inicio de una noche fría. Hablamos por horas.

Planeé un viaje de regreso a mi ciudad de origen donde fijamos una cita. En el momento del encuentro la hallé como nunca antes la había visto. Era una señora con el pelo cogido, maquillada, ropa elegante y tacones en sus pies.
Caminé a su lado rumbo a un café. Lo hice con mis ojos puestos en sus pies entaconados. Me explicó que ya era una profesional exitosa y que su imagen era un as de su triunfo. Me alegré por ella. Extrañé a la de antes.

Nos vimos unas cuantas veces más. Me dijo que perdió la pista de mi viejo amigo en una de sus escapadas y que ahora estaba comprometida. Me alegré al saber que tenía un vínculo importante, lo que para mí era una estabilidad de fantasía.  
Fijamos proyectos y planeamos nuestro futuro como socios. Olvidamos lo que fue. Negociamos "de hoy en adelante". Acordamos. Soñamos. Reímos. Recordamos. Confesé. La idea era no separarnos nunca más. 

Esta mañana la busqué y descubrí que se borró de nuevo. O la borré esta vez. 
Porque me conozco sé que no la buscaré más. Si regresa o no, será un regalo para mi. 
El Batichico.


-"Fe, esperanza y olvido"-




3 comentarios:

Javier D dijo...

Adios, buen viento y buena mar. Esa forma tuya de despedirte de la gente es muy directa y a veces cruel, no digo que esté mal, es sólo que expresas muy bien tus sentimientos y calan profundamente en el lector. Muchas felicidades y mucha ojo con eso.

Anónimo dijo...

My hero... que mas puedes esperar de alguien que no se acepta a sí misma: que no soporto su propio nombre, que no soportan los demas, y ni ella misma?
no te desgastes. ella tiene mucho que aprender en esta vida y quizas en otras mas...
un abrazo!

Andrés Eduardo Pío Chicué Sónico dijo...

Anónimo: ehhh, bueno, gracias por el comment!
te cuento que este post lo hice basado en un sueño de "esos" que suelo tener y otra parte en hechos reales. No le tires tan duro...
Javi: Gracias!!!, tendré ojo... cuando hablemos me dirás en qué específicamente.

Abrazo para los 2!!!