domingo, mayo 15, 2011

day 20 - a song that you listen to when you’re angry

No recuerdo si lo conocí desde antes del incidente. Sólo tengo claro que estuvo conmigo desde niño. A veces se me mete (o se me sale) el diablo. 

Era una parte de mi que poco o quizás en nada conocía. Cuando sentía su llegada me invadía un sabor a cobre en la boca y la sangre me hervía. Era raro tenerlo por dentro y estudiar en un colegio donde todo el tiempo hablaban mal de él. Vivir bajo esa presión me marcó. Me fue imposible negarlo. Era tan real como mi sangre de aquellos días, como mis dientes de leche que se resistían a caer.
Aprendí a reconocerlo. Era parte de mi. Crecí soportándolo y años después, con la Dama del Oráculo logré sentarlo en el diván. Por primera vez lo escuché y supe que lo tenía tan furioso.

Sospecho que la historia de su llegada se remonta al mes de abril de 1990. Un niño muy desagradable me mató en medio de la cancha de fútbol y ante la mirada de aterrados niños que ni siquiera sabían que eso que salía de mi cabeza era sangre. 

Cuando abrí los ojos estaba en una sala que nunca antes había visto. Me asomé por la ventana y desde ahí reconocí la granja del colegio. -Morí y fui a parar al infierno- pensé -es igual al colegio. Me equivoqué. Era tan sólo el limbo (uno que me duró 13 años).
Terminé después en un lugar mucho peor que ese antro: un hospital público, el único lugar donde me podían devolver un poco la vida. 

Ahí los conocí. Me hice amigo de los monstruos. Otros que habían sido niños y terminaron como yo. Unos con cuernos, otros con alas, una sin ojos, otros con ponzoñas en la cabeza, todos perdidos, incompletos,  particulares, incomprendidos, con veneno en las sangre. No me di cuenta pero la oscuridad se alojó en algún órgano que no volvió a funcionar bien. 

Cuando salí de ahí ya no era el mismo. Volví sin mi. Regresé a buscarme entre partes, entre los escombros del holocausto que fue mi final. Ni siquiera esa sangre era la mía. Tuve que negociar con el dolor y hacer un pacto con el mundo del silencio para recuperar un poco de fuerza y poder así comenzar de nuevo. 

Volví al limbo en una mañana de muertos vivientes. Sin miedo al infierno, encontré al criminal gozando de su impunidad. Su único castigo fue encontrarse con mis ojos. Descubrí que la rectora, la coordinadora y las profesoras, salvo una, acordaron que nada había pasado. Mi muerte y lo que vivió mi familia jamás sucedió. No entendían por qué falté tanto si nada me sucedió. La única que no aceptó formar parte de la siniestra alianza fue quien informó a mamá de lo sucedido. 

Mi huésped se hizo grande y fuerte. Algunas noches lo escuchaba gritar. Pensaba que sus aullidos venían del mundo que habitaba debajo de mi cama, pero luego supe que venían de algún lugar de mi garganta. Chillaba como un animal herido y me despertaba. Las pesadillas eran largas, se prolongaban por toda la mañana y terminaban cuando regresaba a casa por las tardes. 

Tampoco me senté a ver cómo las partes mutiladas de mi vida anterior pasaban flotando por el río. Lo dejé salir eventualmente e hicimos equipo. Diablo y yo aprendimos a defendernos, a ser más rápidos , más inteligentes, más fuertes, más sabios, más zorros, más memoriosos... 
Como la Cazadora encontré mi propia fuerza en la oscuridad. La injusticia, la indiferencia, la crueldad, el olvido, el encierro, la negación y los secretos fueron mis mejores maestros. Me enseñaron qué quería y qué no para mi vida. 

Caballero de la noche. Con un traje oscuro me vestí y dejé la otra cara como disfraz. El tiempo pasó, me conocí con la resiliencia y mi diablo tomó un nuevo lugar. Soy lo que ves ahora.  Me sé defender, soy más rápido, más inteligente, más fuerte, más sabio, más zorro, rebelde y memorioso. 
Diego, mi Joe Chill, el niño que me mató creció y se hizo creyente. Va todos los domingos a la iglesia, es un hombre de fe. Un modelo para quienes lo siguen, todo un ejemplo para quienes creen en la redención de un ser que ya era falso desde cuando era un tierno gusano. 

Cada vez que se me sale o entra "el coludo" (como lo llama mi papá) acostumbro a dar gracias a Dios por los gusanos. Porque gracias a Diego, al Ornitorrinco y a todos los demás que he conocido soy quien soy. No me veo de otra forma. No veo a Batman ni a su historia sin haberse topado con Joe Chill en aquel oscuro callejón. Por esto, a  quienes intenten hacerme daño les digo y les diré: Gracias por alimentar mi demonio. Sólo conseguirán hacernos más...  
Batichico.


2 comentarios:

Arkanthos dijo...

Que ritmo tan pegajoso!!...Está excelente...yo creo que me quedo con ese ritmo en la cabeza el día de hoy :)

Andrés Eduardo Pío Chicué Sónico dijo...

la canción es buena, esos cantantes tenían buenas canciones, ritmos pegajosos y letras oscuras.