lunes, julio 04, 2011

"La muñeca"


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Deambulando por la feria del libro, cerca de la hora de cierre, me encontré de frente con una enorme mujer cuya sonrisa me atrajo como la luz a una polilla. Me detuve frente a la mesa que nos separaba y ella, y como si supiera que lo necesitara, me declamó una poesía. Dios, era la segunda vez que me sucedía: voy por ahí perdido y aparece como la loba de los cuentos, me susurra un relato y me atrapa para siempre. 

Me habló sobre una niña que quería una muñeca negra. Me enseñó el libro que estaba lanzando en la feria. Leí algunos apartes, los suficientes para caer rendido en el encanto de su lírica que estaba presentada con el ritmo de las olas de su Pacífico, que sabía a pipas de coco con leche condensada, frutos del mar y olía a brisa marina. Compré el libro pensando en mi hermano y pedí un autógrafo a la encantadora mujer. La autora lo firmó, rodeó la mesa y me fundió en un abrazo. Luego me enteré que sin querer queriendo en ese encuentro tuve el inmenso honor de conocer a Mary Grueso, la mejor poetisa Afrocolombiana. 

Esa noche, al regresar a casa me devoré el libro al menos unas cuatro veces hasta caer dormido y soñar con una niña que deseaba una muñeca negra como nada en el mundo...

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-Tío, mañana voy a Cali

Cinco palabras que me detuvieron en el tiempo y me hicieron inmensamente feliz esa noche. Ya estaba de regreso en casa y a varias semanas de mi encuentro con la autora.

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Mis sobrinas llegaron a la ciudad por pocos días. Hablé con mi cuñada y acordamos con ella ir al Zoológico.
Al llegar con mamá, desde la taquilla del parque exclamó: -¡Ahí van mis muchachas!
Solté el dinero, las boletas, todo lo que en el mundo dejó de importar y me aparté para mirar hacia dónde mamá señalaba. Las vi perderse por un un corredor. Mi cuñada y de cada mano una de mis niñas adoradas. 

Cuando regresé a la taquilla, apurado por correr a abrazarlas, tenía las mejillas enjugadas en lágrimas de emoción, de esas que sólo esas niñas y mi corazón me saben sacar con gran facilidad. 

Las atajamos saliendo del baño. Los abrazos no pararon. La emoción tampoco. 

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Esa noche, hablando con mi cuñada me enteré que mi sobrina mayor le reclamó por qué su mamita y su tío no se fueron con ellas en el mismo taxi para su casa. Me dolió en el alma-espíritu-sangre-lagrimales-piel-tuétano-pelo-mejillas-TODO el incumplimiento de ese pacto no manifiesto. 

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Al otro día fuimos hasta su casa para dejar algunos regalos. Las niñas habían salido con su mamá y al llegar esperaban vernos a mi mamá y a mi en su casa. Como ellas llegaron primero, hubo pataleta al no encontrarnos ahí. 
Llegamos poco después a consentir como sólo una abuela y un tío primerizo lo saben hacer con el corazón. Las lágrimas y la pena quedaron atrás. Convertimos la mesa en pista de carreras, en sitio para comer, en mesa de dibujo y campo de juego. 
Salimos al suelo del balcón donde seguimos el encuentro lúdico-mágico. Los dibujos con dedicatoria continuaron y el derretimiento del tío también. 
Luego la mayor de mis sobrinas se entró a la casa y regresó con una caja y algo de ropa en sus manos. Dobló las prendas y las acomodó en la caja con gran meticulosidad. Dobló sobre ellas la funda de una almohada y me presentó esa caja transformada como una cuna para su bebé.  

-¿Cuál bebé?- pregunté y mi cuñada se adelantó para responder: 
-Un bebé de juguete, Sophie quiere una muñeca para jugar.

Pasando por encima de su conducto regular, una lágrima saltó de mi ojo y rodó cara abajo hasta caer en mi pantalón. Estaba viviendo la historia del libro La Muñeca Negra donde una niña deseaba sobre todas las cosas una muñeca que sea de su color, "que tenga los ojos de chocolate y la piel como un carbón". Lo viví con los ojos de un Tío que podría intervenir en la resolución del cuento. 

Me prometí y le prometí a mi niña, en silencio, que conseguiría esa muñeca para ella y su hermana. Este propósito ya era algo personal.

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Hablando de almas que se tocan.
Le escribí a la autora contándole los sucedido en un intento por encontrar una confidente en mi sentir. Ella me respondió. Reconoció su alegría al leer mi mensaje, reconoció que le toqué el alma al ratificar que La Muñeca Negra era un libro que no sólo tocaba el corazón de los pequeños  sino que también lo hacía con el de los grandes. 
Y entre un abrazo lleno de brisas y salitre de mar, Mary me dejó con esta frase: "siempre habrá niñas que sueñen con una muñeca, así no sea negra". Amén. 


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Lo de conseguir la muñeca ya era algo oficial. 
Amo mi vida porque me pone en el camino hadas de todas las formas, estilos, artes, disciplinas, estaturas, contextos y colores en la piel. Si una era alta y elegante como un Oráculo, me presentó mundos dentro de mi y a través de espejos; otra, llena de magia vestía de verde sabana, hablaba de duendes, Caminantes, lunas, cometas, sirenas, brujas, gallinas, caballitos de mar y amigos; Mary me habló de los secretos del pacífico y la sabiduría de la oralidad de su magia oculta en la piel de su gente. En su respuesta me afirmó que era mi confidente, que me acompañaba en mi sentir. Reconoció el valor de mi promesa, acto que me enorgullece. 

Días después Mary me escribió de nuevo. No de la nada, sino del corazón. Esta vez me pidió que POR FAVOR no olvidara comprarle la muñeca a mi sobrina, "Para ella es muy importante". Le respondí con el amor de un tío y la memoria de un niño que lo sabía. Para mi también es sagrado. 

Había un ahora un tío que tenía muy claro en su memoria algunos recuerdos de cuando era niño. En ellos, la palabra de los adultos tenía gran peso, era seria y veraz. Como niño tenía plena confianza de que esas promesas se cumplían.

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Las promesas que se hacen a los niños son sagradas y así no lo haya verbalizado en aquel momento, a mis nenas les prometí un bebé para esa cuna.  

Había un ahora un tío que aún no reúne lo suficiente para comprar una muñeca, pero que sí aparece en todos los relatos de sus sobrinas como el tío Chicué que "se metió en una tortuga" (cuando fuimos al Zoológico). Eso ya me hace héroe, ¿no?

El Batichico



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