jueves, agosto 11, 2011

"Más Scooby Doo, menos pastillas azules"


Si leo la letra menuda de estos días, cualquiera esperaría encontrarme deprimido. Una lectura extraña en mi mundo, un mundo extraño para los demás. 
Le tuve miedo a la ciudad, tuve que aprender a levantarme, caminar sin compañía y sobrevivir. Me hice amigo de mi mismo y aprendí a disfrutar de mi compañía, desde entonces no me aburro. El frío, la indiferencia, la prepotencia, los moldes, la hipocresía, los dogmas y la academia no me detuvieron.

En algún lugar de mi apartamento tengo un paquete con pastillas azules. Me las recetó el especialista "por si algún día las llegara a necesitar". Hubo una vez en la que lo destapé y dejé caer una pastilla en mi mano. La miré y pensé en mi. Me eché de menos. Fantaseé con la idea de tomármela y ver mi vida diferente, un poco sin mi. El médico tiene razón: soy respondón, obsesivo, altanero, llorón, mi mente no se queda quieta, puedo trabajar en tres documentos al mismo tiempo, siempre estoy maquinando proyectos, estoy solo en una ciudad desconocida y ante los ojos de alguien que no me conoce tengo razones de sobra para estar deprimido. 

Miré la pastilla en mi mano y extrañé mi rebeldía. Temí a la castración de mi fuerza, a la pérdida de mi impulso, al ocaso de mi sentido del humor, al verme en el espejo y preguntarme por la persona que me encontrara de frente. Di vuelta a mi mano y dejé caer la pastilla al lavamanos. Abrí la llave y dejé que el agua se llevara mi pase a una vida "ajustada". 

Esta noche, entre listas y listas de canciones regresé a mi primer CD. "El Dorado" de Aterciopelados me transportó a aquellos años en los que llegó este álbum a mi vida, a los días cuando compartía mi música, mi tiempo, el comienzo de mi adolescencia y mi soledad con Camilo. Hay recuerdos que pegan más duro cuando es de noche, hace frío y se está lejos de casa. 

Manifesté este pesar en Twitter y en menos de dos minutos ya tenía un mensaje en mi bandeja. Era él. Era el mismo enmascarado que me acogió con mi dolor desde la primera vez que dije "extraño a Camilo". En su mensaje me dejó un saludo y una canción. Lo sentí aquí conmigo, en esta fría habitación.  Lo sentí y la temperatura dejó de importar, su abrazo me llegó y lo traduje en una sonrisa. Me levanté y le escribí. Me levanté y escribí estas palabras. Atrás quedó la pena. 

Y como el enmascarado tengo más. Gracias a estos personajes no me siento solo, aunque físicamente lo esté. Me considero afortunado-bendecido-exitoso o como quieran llamarlo, hago parte de un pequeño grupo con el que puedo hablar y compartir. Siento que las personas confían en mí y por eso me llaman "amigo". 

Como un equipo nos acompañamos en lugares escabrosos, nos enfrentamos a nuestros propios monstruos y al final, sólo con todo nuestro empeño logramos desenmascarar a estos espantos. 
Lo reafirmo, no tomaré nada. Ya tengo los mejores antidepresivos. Los llamo Amigos, llegan solos y están conmigo. 

Porque no importa si están en Ecuador, Cali, Bogotá, Europa, Venezuela, Brasil, Canadá, Antioquia, la costa pacífica de Nariño, Argentina, en casa o entre mis costillas. Tengo ángeles a mi alrededor, una familia que elegí y me eligió, personajes cuyas historias tienen un valor único en mi novela personal, más en este tiempo cargado de veneno. 

-A mis ángeles, mi Scooby Pandilla-


*El vídeo fue cortesía del Enmascarado 

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