viernes, junio 01, 2012

"Cenizas"


Llegaron como viejos amigos y se sentaron a mi alrededor. Formamos un círculo. Uno de ellos activó una llama que se alzó por encima de nuestras cabezas. Llegaron para revivir recuerdos oscuros, mis días de caminos cubiertos por la maleza y aquellos días de mi gato ausente.

Cerré los ojos y los escuché alrededor. Jugaban. Reían. Cantaban. Brindaban juntos por una noche más, por una noche menos que adolezco de esta herida. Cada uno de ellos quería su pedazo de mi carne, pero no les di nada, aprendí desde niño a conservar mis partes conmigo, mis problemas bajo mi manto. 

Entre las imágenes de la hoguera vi su figura felina contoneándose. Se alejaba. Descendía hacia lo mas bajo, casi al infierno. Perdí de vista la imagen. Todo quedó en silencio. Supe que perdí mi corazón felino desde siempre, que nunca lo tuve. Confieso que he sido un cabeza dura y un ciego, que todo fue un pequeño desastre animal con una mordida de buen sabor. 


La llama se consumió rápido. Se desvaneció como la figura del gato en un discreto remolino que se desvaneció en cenizas. Su olor llegó hasta mi. La brisa de su aliento me envolvió una vez más y un lúgubre sonido me aturdió. 
Quise enterrar el cuerpo en un lugar santo pero no lo encontré. Supongo que después del caer envenenado se levantó, se sacudió, se resignó y se fue a vagar con los otros cuerpos que no fueron salvados.

En vida fui torpe con ese gato. Mi trato con él fue como darle pescado a un caniche, como  alimentar a un canario con carne. Lo maté por amor, por la sola liberación de mi sufrimiento a través del suyo. Siempre lo quise libre. Yo solo quise liberar su negro corazón de su hermoso pecho.
Perdí la cama, el cuerpo, el olor, sus garritas, sus enormes garritas, su cara de gatito inocente, sus sueños. Su alma la conservo. En la misma noche en la que me la regalo, la oculté muy bien, la puse a salvo incluso de mi. 

Mis acompañantes en la hoguera no lo advirtieron. Sospecho que me buscaron para llevársela, pero no lo permití. Lo mío es el cinismo, el ocultamiento, la sangre fría para decir que no cuando en realidad es un . Lo mío también es su alma.  


Veo que mi corazón es tan frío como las cenizas y que como esas mismas cenizas puedo ser abono para que una nueva vida se permita. Espero a que mis acompañantes se marchen, y después de que el último desaparece a lo lejos, entre mis recuerdos, me llevo el gatillo hasta la boca. Estoy listo para soñar. Disparo. El plomo no sabe a lo que me imaginé. Sabe a saliva seca, a funda de algodón, sabe a desprecio, a ira, a su piel, a las cosas que dejó en casa, a un despertar de conciencia, a un darme cuenta de lo que ya sabía: mi gato sigue ausente. 


El Batichico. 



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