miércoles, abril 02, 2014

"Aquí está"

Me ganó el hambre y caminé hacia el fondo del colegio donde me habían dicho, estaba la cafetería. Caminé solo, distraído, procurando evitar a quienes se cruzaron en mi camino. Solo. Lo estaba. Caminaba con mi silencio y mi fuego entre miles de niños y niñas que hacían sus cosas a mi alrededor. 

De pronto dejé de ver niños y niñas, y empecé a ver sombras que se agitaban. Hubo calor, ruido, mucho ruido, golpes, calor, pánico, contacto. El aire se escapó de mis pulmones y me hormiguearon las manos, se me calentó la cabeza y las sombras se levantaron del suelo y se volvieron moradas, manchas moradas por todas partes. Todo giró. Todo se desvaneció. El ruido se hizo eco y sentí que me fui por un agujero. 

Cuando recuperé un poco mi falta de sentido y la adulteración que logré al crecer, me dediqué a buscar las razones para decirle a mi jefe que no me volviera a enviar a ese lugar. Estaba sentado en el piso cuando me descubrí rodeado por los niños de transición que esperaban a que llegaran sus padres a recogerlos. 

Dos niños me hablaban. Cada uno tenía una manualidad en sus manos. Me la mostraban. Uno me explicó cómo había metido el aserrín y las semillas de alpiste en el interior de la media a la que luego dieron ojos y boca, y el otro me dijo que la profesora les había dicho que tenían que nombrar su nuevo amigo. 

De pronto miré a mi lado y me encontré con esta imagen...


El segundo niño sostenía un personaje con una nube pegada que decía "Camilo", y me fue inevitable pensar en Camilo, mi Juan Camilo, mi amigo de infancia. Pensar en él me llevó rápido a caer en cuenta de qué día era hoy, primero de Abril.

Hoy mi amigo estaría cumpliendo treinta y un años... y como un golpe de brisa fresca supe que me dijo: "aquí estoy".

Todo a mi alrededor enmudeció. Fui parte del Gran Amor y sentí el regalo que el buen Universo me había traído. Lo sentí. Juro que lo sentí. Mi amigo me dijo que sonriera. Que lo hiciera más, y me llamó la atención porque había dejado de hacerlo. Y entre tanto y entre lo tonto que he sido me dijo que no lo olvidara. 

En ese instante lle juré que no lo iba a hacer y sellé mi promesa con una sonrisa. 

-¿Cómo te llamás?- me preguntó el primer niño. 
-Andrés- le respondí -¿Y vos?
-Juan Camilo.    

Sonreí de nuevo, miré al cielo y sentí un calorcito bacano en mi pecho. Agradecí al Universo por el momento, a Camilo por hablarme y a los niños por devolverme esa pieza de mi alma que había perdido.

Regresé a mi vida con un nuevo aire de victoria, pues había vuelto a mi sonrisa. 
Regresé sabiendo que Camilo seguía conmigo, a su manera, y que de mi parte sólo tenía que estar atento a sus señales.

"Hoy, como hace tres años, estoy contigo

un abrazo" me dijo Juan esta tarde y así lo comprobé. De la pena, el olvido y el recuerdo, la memoria de mi alma me permitió reconocer que mi amigo nunca se había ido. 

Compañero de mi vida, te llevo en el alma, la vida, mis obras, mis palabras y corazón. 
Aquí estás. Aquí te siento. 

B!


Y así, la invitación es a no quedarme adentro, a salir, a disfrutar, a celebrar una vez más...

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