martes, enero 06, 2015

"A la primera Luna Llena"

Dime que papá no murió, que no tendré que ir a la funeraria solo, que mi sobrina S no se fue a la China, que todo fue sólo un sueño. La luna me respondió, yo le pregunté. En su idioma, la bella luna, sabe decir las cosas. 
Pasa la noche y ella se acerca a quienes piden su consejo y susurra. Susurra con palabras doradas. Las polillas revolotean, las rocas verdes, los maderos se estremecen. Todos se congregan en torno a sus palabras. Las lobas cantan. Las lobas curan. Las lobas reparan. Las lobas aúllan sobre los huesos rotos, lamen las heridas abiertas y permiten que la sangre emane.
Trato de decirles que no, que no lo hagan, que el verbo emanar no va con los hemofílicos, pero ellas no reparan y continúan. Lamen. Eventualmente levantan la cabeza y aúllan.  Lo hacen con fuerza y dolor, se permiten emanar el aullido. 
Quiero aullar pero me detienen, me dicen que todavía no, que el lobo todavía quiere morder, no aullar. Que todavía no está listo para presentar su voz a la imponente luna, que la mordida busca llamar la sangre, no la luz, que la sangre sale con dolor y que ella calma la sed del lobo, que todavía no. 
La verdad y la mentira entonces habitan en las fauces de los lobos. La luna lo sabe y por eso se rodea de estas nobles criaturas. Entre los árboles, el pelo, las uñas, el aliento, los besos, la memoria, las mareas, la sangre y el agua la luna busca a sus manadas. 
La mujer anciana me lo dijo hace poco cuando me enseñó la piel roja y constelada, cuando me dio su aval para decretar que "la palabra es vida", tomó mi brazo y me lo abrió. La sangre emanó. 

El agua emana. El agua limpia el agua avanza, el agua conecta ¿La sangre por qué no?
La luna habla a través del agua: brota, desemboca, se escurre, se evapora, corre, baña, ahoga, libera, rompe. 
En la primera noche de luna llena me rompí la piel sin temor a morir desangrado. Tomé un cuenco y serví un poco del agua de la fuente. 
Bebí agua para que brotara la fuerza, para que emanara la vida, desembocara en el destino, se escurriera el horror, se evaporara el mercurio que contamina mis memorias pasadas, para que corriera el rencor que estaba estancado, para que me bañara la paz, se ahogara el sabor de vejaciones recientes, se liberara mi alma y rompiera el dolor.  

Abracé al amor junto a mi, en la cama, y le di las gracias por ser de agua. Le agradecí por permitirse fluir hasta mi, por encontrarme y extender su mano para sacarme del estanque donde me ahogaba. 
Morir a lo que no es; honrar lo que hay, lo que se dio. Despedirme y agradecer. La buena luna me respondió, yo le pregunté. En su idioma, la bella luna, sabe decir las cosas. 




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