martes, julio 14, 2015

"Roja compañía"

La palma de la mano izquierda amaneció negra, con un dolor punzante que me obligó a cerrar el puño con cada palpitación, con cada gota que se abría paso entre los tejidos que fueron hechos para permanecer cerrados y no para contener sangrados. 
Los tejidos fueron hechos también para ser sustituidos. Desde aquí veo pocas caras conocidas y solo algunas fotos me relacionan con las personas que están por fuera. Desde aquí veo, escucho poco, leo mucho, me cuido. Evito la toxicidad en todas sus formas, las inquisiciones, los dramas y todo lo que quema más que el sol. Aquí, todo a mí alrededor son palabras conocidas, esquinas gastadas, secretos que ya son familiares. Lágrimas que empañan las gafas. Sigo sin aprender el arte de llorar sin arruinar la vista.  
El encierro en cierto modo resulta divertido, en cierto modo triste. 
Es bonita la perla azul brillante que queda de última, en el fondo del vaso. Los sueños en los que agonizo son los mejores que he tenido hasta ahora, porque hablan de mi verdadero deseo, de mi amor verdadero. Resulta duro de decir, duro de aceptar, pero es posible: la presencia de la soledad puede llegar a ser una buena compañera de apartamento.  

En días silenciosos y soleados como estos me desangro por la mano y de nuevo se abre mi caja de pandora. La mujer delgada y de sombrero rojo se sienta una vez más en el borde de mi cama, me toma de la mano, acaricia mis venas y sonríe. Me dice que me extrañaba y me pregunta que cuando me decidiré a seguirla. Le digo que ya no. Que si me quiere, que me lleve, que ya no me interesa pedirle que me lleve con ella, como lo hace un niño cuando se aferra a las piernas de su mamá.
Me recuerda que yo no era uno de los niños de mejillas coloradas que se preocupaban por conseguir novias y parecer simpáticos, que siempre le agradé con mi punto de vista. Que le agradé desde el momento en el que le dije que no le tenía miedo. Me felicita a mis treinta y dos, me dice que le gusta que sigo sin estar programado para responder y sentir del modo en que "debería". 
-"Auténtico a ultranza"- repite las palabras de Jerónimo. Sonrío. Luego me da saludos de Andrés, Camilo y de Mónica. Me seduce. Sonrío y lloro. Aprieta mi mano sangrante.  Las punzadas se aceleran al ritmo de mi corazón. 
Hablamos de regalos. Le digo que la próxima vez espero recibir otra cosa diferente a una maldición de la realeza. Ella sonríe con su boca si labios y reconoce que bromeo, que ya entendí la lección, que incluso hasta las maldiciones son regalos. 
Varias veces trata de irse, y cuando noto que reúne fuerzas para levantarse de la cama, aprieto la mano con la que sostengo su delgada mano. Sangro otro poco. Me mira con inquietud y le digo que todavía no. Le pido que tampoco me deje solo esta noche, que no quiero estar solo. Que he aprendido a estar sin personas, pero que a veces me hace falta estar junto a buenas compañías, como la de ella. 
Sonríe. Se cruza de piernas. Me mira y me pregunta que cómo se me ocurre que me va a dejar solo.


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